En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El hombre que compró un automóvil – Wenceslao Fernández Flórez




        Parece mentira que la misma persona que escribió algo como El bosque animado pudiera firmar también una novela tan divertida y disparatada como El hombre que compró un automóvil. Y tanto o más sorprende que esta novela fuera escrita en 1932, cuando términos como atasco o embotellamiento no tenían nada que ver con el tráfico. Y si alguien no es capaz de captar la diferencia, le bastará pensar que entonces todo aquel que tuviera coche encontraba sitio para aparcar en la puerta de su casa, así viviera en la Puerta de Sol. No, no es ciencia ficción. Hubo un momento así en la historia del automóvil, y esta novela está escrita en momentos muy cercanos.
La historia comienza con una parodia de Robinson Crusoe: el protagonista se ha arriesgado a cruzar una calle, y en el mar de vehículos consigue salvar su vida refugiándose en un islote de cemento, donde hay otra farola y un señor que naufragó allí muchas horas antes. Tantos coches hay, tan imposible ven salir, que no tardan en prever cómo va a ser su futuro en aquellos pocos metros cuadrados, e incluso, a falta de viandas, se plantean el recurso a la antropofagia.
Pero tranquilos, nadie se papea al protagonista, quien a partir de ese momento afronta la vida como un Hamlet que debe resolver una duda: la de comprarse o no un coche, que viene a ser lo mismo, a efectos de su entorno, que decidir entre ser un hombre dinámico y moderno o un troglodita.
De esta forma se anticipan muchos de los excesos que luego se han producido: desde el culto al coche, hasta la completa subordinación al automóvil, pasando por los abusos mercantiles. Esto último queda plasmado con enorme gracia en la “aventura” del vendedor. Un comercial de automóviles se adelanta a los demás y trata de venderle un coche; en el proceso, el comercial de instala en casa del protagonista, a fin de poder explicarle con todo detalle, a lo largo de los días, las ventajas del coche; el protagonista llega incluso a hacerse con el “manual de ventas” del vendedor, y a pedirle que le aplique tal o cual técnica a ver si da resultado.
También cabe destacar el humor negro vinculado a los accidentes. Entonces debían de ser escasos, y su noticia más debía de tener de anécdota que de suceso, ante lo extravagante que era un artilugio como un vehículo. Ahora, tantos muertos después, solo lo absurdo de las situaciones impide que sea un humor demasiado duro como para hacer reír. Así nos encontramos con el caballero que utilizó el coche para exterminar a los niños de un colegio cercano, cuyos gritos le daban dolor de cabeza, o el del que encontró esposa en la joven a la que atropelló de forma tan escabrosa como pintoresca y, por absurda, divertida.
Pero como un coche da de sí lo que da, sirve de excusa para unas cuantas “aventuras no automovilísticas”, que van desde el cortejo más o menos efectivo, pasando por historias amorosas de terceros, hasta la mofa de algo que hoy, ochenta años después, sigue ahí: los abusos inmobiliarios. Hablamos ahora de la burbuja inmobiliaria, pero ya este libro contiene una extraordinaria parodia de lo que esto significa: pobres pringadillos a los que se ofrece, como un chollo, la posibilidad de endeudarse “a solo 99 años” a cambio de una casita en el quinto pino donde instalan un bosque de un árbol (porque no caben más) y sufren plagas de caracoles formadas por un único caracol (porque no cabe una plaga más grande), amén de tratarse de construcciones tan bien hechas que cuando una ventolera se lleva una urbanización entera nadie se sorprende: al fin y al cabo al vecino que compró un ventilador se le derrumbó una pared tan pronto como lo encendió.
Escrito en 1932, en pleno florecimiento del humor del absurdo, El hombre que se compró un automóvil es, de principio a fin, un libro de humor absurdo. Absurdo y brillante. El único “pero” que se puede poner a esta divertidísima historia es que más parece una sucesión de “aventuras” que una historia con principio y fin, sobre todo después del extrañísimo último capítulo, de corte futurista, que prevé el dominio de la máquina sobre el hombre, y en el que el protagonista, por cuestión de calendario, no aparece ya por ningún sitio. Salvo que el protagonista, claro está, sea el coche.
Una pena que para leer este libro haya que hacer arqueología.


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