En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 24 de abril de 2017

Tontolaba

              
          Hay quien dice que «tonto del haba» es quien se topa con el haba en el roscón de Reyes. Otros afirman que «haba» es una forma del llamar al pene, de ahí que en otros tiempos se introdujeran habas en pasteles como «sorpresa/provocación»; afirman estos, también, que «tonto del haba» equivale a decir «gilipollas» eludiendo la pronunciación de una palabra malsonante. Digo yo que, en esta teoría, «gilipollas» provendrá  de «gilí» -tonto, lelo- y «pollas» (si es que viene de algún sitio, porque tengo entendido que los gilipollas han existido siempre). En esta tontería que estoy improvisando, una y otra expresión podrían traducirse por «tonto de los cojones».

          No sé si he atinado en algo o si estoy haciendo el tonto... (añádase lo que proceda), pero dicho queda como pequeño prólogo para contar que apenas recuerdo haber escuchado o leído la afectada expresión «tonto del haba». En cambio, sí he escuchado y utilizado a menudo «tontolaba», contracción evolucionada en la práctica a palabrita que hace nada tuve el gustazo de encontrar en boca de uno de los personajes de la novela más vendida (y además excelente) de los últimos meses: Patria.

          En la acepción en que siempre la he conocido, tontolaba resume una colección de improperios: tonto, desde luego; inútil, por supuesto; y, según la ocasión, creído, bravucón, irresponsable, ignorante pretencioso... Muchas cosas, pero siempre algo que a partir de cierta mezcla de estupidez y osadía resulta molesto aunque solo sea porque nos hace perder tiempo. Esto es clave: mientras que un gilipollas puede serlo en soledad, el tontolaba es como un moscardón; solo nos acordamos de él cuando lo escuchamos zumbar.

          Dada la poca carga soez de su etimología, es un magnífico insulto para monicacos indignos de que una palabra gruesa disuelva en un mínimo de enojo algo de la indiferencia que merecen.

          ¿Y todo esto, por qué? Porque de vez en cuando la conducta de algunas personas me recuerdan la palabrita, y también para dejar constancia de que tontolaba no aparece en el Diccionario de la Real Academia. ¿Una pena? No lo sé, porque de alguna manera es una ausencia lógica: mientras no molesta, ¿quién se acuerda de un tontolaba?



jueves, 20 de abril de 2017

Eduardo Mendoza, sobre el humor.




          «En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.»

...

          «Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.»





Eduardo Mendoza.

lunes, 17 de abril de 2017

La danza de la gaviota - Andrea Camilleri




La danza de la gaviota (serie Montalbano, 19)

          La novela toma el título de la gaviota que, en las primeras páginas, el comisario ve morir tras ejecutar unos últimos movimientos que semejan una danza.

          Inventada la trama a partir de una noticia de periódico, como tantas otras veces ha hecho Camilleri, en esta novela torna a utilizar cierto recurso "televisivo" propio de las series largas: los protagonistas "activos" se convierten en "pasivos", en objeto de los crímenes, lo cual, debido a la relación emocional que en la décimo novena entrega une ya al lector con los personajes, necesariamente implica que todos van a prestar una atención inusitada a los acontecimientos.

          Y lo que ocurre es que Fazio, el discreto y eficaz policía a las órdenes de Montalbano, desaparece. Y lo hace de modo que nadie da un céntimo por su suerte.

          Camilleri juega a la vez con la expectación del lector porque Livia va a casa de Montalbano, tras jurarle y perjurar éste que estará con ella y se olvidará del trabajo aunque, como es de suponer, ante algo tan grave como la desaparición de un compañero y amigo de quien de verdad se olvida de ella, y la espera de Livia es otro acicate para el lector, debido a la previsible violencia del reencuentro.

          Y, entre tanto, un armador acude a la comisaría para contar ciertas sospechas acerca de la actividad de uno de sus barcos, que siempre llega tarde de faenar.

          Sin salir todavía del puerto, donde se desarrolló la novela anterior, Camilleri construye una digna obra donde la intriga se compagina muy bien con el avance de la investigación, al tiempo que se tocan -como casi siempre- elementos del paisaje mafioso, siempre atrayentes por su aura de misterio, y los inevitables personajes más cercanos de ser víctimas o perdedores que criminales. Unamos a esto "el elemento femenino", al cual Camilleri no renuncia nunca: la "chica guapa de la película" es, en esta ocasión, una enfermera que parece instantánea e irremediablemente prendada de la simpatía del comisario. Pero claro, el buen hombre está a todo y no se le escapa ni una, como sabrá quien lea la novela, cuyo desenlace es, otra vez, de los que dejan un poso de tristeza porque al fin y al cabo resolver un crimen supone capturar al criminal, pero las víctimas no dejan de ser víctimas.

          Ah, y Montalbano sigue haciéndose viejo. Acompañarlo en el proceso de pérdida de facultades es otro de los lazos afectivos con que Camilleri atrapa a sus lectores, la mayor parte de los cuales han pasado ya de los cuarenta y comienzan a darse cuenta de lo bien que se está con veinticinco. Una forma de empatizar con Montalbano.




domingo, 9 de abril de 2017

Ajonio Trepileto, de nuevo nº 1 en Francia



          Hoy, La sota de bastos jugando al béisbol ha trepado hasta el puesto nº 1 de humor en español en Francia, en Amazon.

          A veces el éxito del hermano mayor eclipsa los méritos del pequeño. Algo así le sucede a mis novelas protagonizadas por Ajonio Trepileto. La terrible historia de los vibradores asesinos, la primera, fue muy bien en la edición de Mira Editores en 2011, y a partir de 2014, en ebook, también: en Amazon, nº 1 de humor en seis países y top 10 en varios más.

          Quizá por esos logros «los vibradores» llaman más atención. Sin embargo, de forma discreta, La sota de bastos jugando al béisbol también va haciéndose su pequeño currículum. En sus primeros doce meses en ebook vendió más que su hermana mayor en ese mismo tiempo, y en el extranjero, aunque, como todos, con cifras renacuajas, ha encabezado la clasificación de novelas de humor en español en Canadá y Japón (vaya sitios cercanos para ir a destacar, pero es que Ajonio es asín) y hoy lo ha hecho aquí al lado, en Francia. Ya van tres números 1. No tan recurrentes como su hermanita, ¿pero cuántos pueden decir algo así y lo que sigue?

          Sin salir del humor, ha sido nº 2 en el Reino Unido, nº 3 en Italia, nº 5 en Alemania y ha sido top 10 en España y Estados Unidos.

          Además, en novela negra ha sido top 10 en Italia, Reino Unido, Francia, Canadá… 

          Buscando vibradores asesinos o jugándose la vida una carta, enhorabuena, Ajonio. ¿Quién nos lo iba a decir cuando nos conocimos?


jueves, 6 de abril de 2017

El desprecio – Alberto Moravia




          «Máxima complejidad, máxima claridad», era la regla de Alberto Moravia, según Ana María Moix, regla evidente en esta obra profunda que engañosamente parece enredarse en las obsesiones (y por tanto en la reiteración del ideas) del protagonista.

          Ricardo, un joven dramaturgo, se casa con su novia, Emilia. Para salir adelante y, en especial, para pagar el apartamento donde se van a vivir porque Emilia ansía una vivienda para ellos dos solos, se ve obligado, muy a su pesar, a aceptar trabajos como guionista de cine (disfrutad de las espléndidas explicaciones sobre las miserias y humillaciones intelectuales del guionista frente a otros creadores).


          Un día la actitud de Emilia revela a Ricardo que su esposa ha dejado de amarlo. ¿Por qué? Él entonces lo ignora, pero le anticipa al lector lo que averiguará al final: Emilia ha dejado de amarlo a raíz de un hecho banal. Tanto que el protagonista no atina ni a recordarlo. El lector sabe que se trata de un error de apreciación de Emilia, de un equívoco, de una tontería que podría resolverse hablando, lo cual provoca una angustia constante a lo largo de la narración porque el lector sabe que todo podría resolverse si Emilia se dignara en hacer algo tan sencillo hablar y decir qué le ha molestado. No ocurre así y, como siempre en la vida –por eso Moravia es un gran referente del realismo- lo que es se impone a lo que debe ser.

          Pero me he adelantado. Inicialmente el tormento de Ricardo es doble: primero, una vez ha percibido el desamor, debe tratar de comprobar si está en lo cierto o es una impresión equivocada, pero Emilia, en lugar de abreviarle el trance o intentar aportar algo, lo castiga con un silencio feroz. A ojos de Emilia, no es ella quien debe decir qué pasa por su cabeza, sino que Ricardo debe adivinarlo y actuar en consecuencia. Con este planteamiento cada segundo es más y más tarde y la distancia aumenta más y más hasta amenazar con hacerse irreversible. Emilia huye del diálogo voluntariamente y deja que su marido dé palos de ciego a pesar de que, cada vez que no atina, baja un peldaño en su estima. El silencio de Emilia tiene mucho de maltrato, como todos los silencios dedicados a quien amaste, te ama y, desorientado, te busca.

          Pero Ricardo es cabezota y su insistencia hace que la situación estalle en detonaciones sucesivas. Emilia confiesa que ha dejado de amarlo. Primer enigma resuelto. Pero en ese momento el tormento deja ya de ser la duda de si su esposa lo ama y pasa a ser el motivo por el que ha dejado de amarlo. Porque para asimilar no basta con saber. Hay que comprender.

          Tras un nuevo periodo de elucubraciones e insistencia para saber, Emilia, por fin, tras un nuevo periodo de silencios, le escupe la razón por la que ha dejado de amarlo: lo desprecia.

          Durísimo ser despreciado por quien amas, pero, como he dicho, para asumir no basta con saber, es preciso comprender. Por tanto, ¿por qué lo desprecia? He aquí el nuevo interrogante al que debe dar respuesta Ricardo buceando en el pasado común y en la forma de ser de ambos. Tampoco Emilia colabora. Emilia, como siempre, solo guarda silencio. Un silencio hostil.

          Advertid el orden expositivo de Moravia. Complejo, pero claro: primero se percibe la falta de amor y se trata de buscar la causa inmediata, que tras mucho rebuscar resulta ser el desprecio; y luego hay que ir a los motivos de este, que son la raíz del problema: la forma de ser y de ver las cosas de cada cual.

          Puede pensarse que Ricardo debería haber abordado la situación indirectamente, porque lo emocional requiere más acciones que razones. Creo, también, que el comportamiento de Emilia es profundamente egoísta porque no colabora en nada y se limita a sentirse víctima atribuyendo al otro la condición de verdugo cuando en realidad –al final lo sabemos- es ella quien se ha equivocado por esperar que la realidad responda a un ideal; y, en el colmo del egoísmo, ha hecho pagar a Ricardo ese error.


          En paralelo, conocemos el debate sobre una película inspirada en la Odisea en la que Ricardo ha aceptado el papel de guionista. Hay enormes divergencias entre el productor y el director, con Ricardo en medio. Los paralelismos e interpretaciones entre Ulises y Penélope y Ricardo y Emilia son magistrales. Ante las narices de Ricardo pasa su propia situación cuando hablan de la Odisea, y a veces tarda en darse cuenta pero otras le ayuda a reflexionar. Un viaje a Capri, a la casa que allí tiene el productor, para elaborar el guión en un lugar tan inspirador, acelera el final de la historia poniendo a los protagonistas en una situación límite ante la que no queda otro remedio que elegir.

          Durante la lectura el lector tiene ocasión de pensar en las mil causas por las que una persona que dice amar a otra puede acabar despreciándola. Sabe, porque Ricardo lo ha dicho, que el motivo inicial de Emilia fue en realidad un equívoco que hizo pensar a ésta que Ricardo la estaba utilizando en beneficio propio; pero la renuncia a sus aspiraciones como dramaturgo para poder pagar el apartamento que Emilia ansía es considerada por Ricardo como una muestra de amor. Sin embargo,  ¿cómo la interpreta Emilia? ¿Un hombre que renuncia a sus sueños es admirable o despreciable? ¿Y admirable o despreciable en relación a qué? ¿A un hombre ideal? ¿A una expectativa? ¿O en relación a él mismo? Y más tarde, cuando Ricardo renuncia a todo para demostrar a Emilia lo equivocada que estaba, él de nuevo lo ve como una muestra de amor, ¿pero para ella no suena a claudicación? ¿Y a quien se rinde hay que admirarlo o respetarlo? Las historias de amor y desamor están llenas de rendiciones incondicionales que, efectuadas como muestras de amor, de entrega total, son interpretadas como prueba irrefutable de debilidad, y conducen al resultado opuesto al deseado.

          Al final, cada acto u omisión de Ricardo es interpretado por Emilia de forma exactamente opuesta a la intención real que mueve a su marido.

          En resumen, con solo tres frases Emilia hunde la vida de Ricardo sometiéndolo a tormentos terribles y sucesivos. La primera, «Ya no te amo». La segunda, «Te desprecio». La tercera, «No eres un hombre». En torno a estas tres frases se destruye la vida de una persona, aunque en realidad son la expresión del fracaso de la propia Emilia, quien, negándose a aceptar que el ideal no existe, impone su egoísmo a quien confió en ella, y lo hace con toda facilidad porque entre dos personas la parte más débil siempre es la que ama a la otra.


          Al final la novela es, como promete el título, un magnífico análisis del desprecio.

          Se desprecia cuando alguien traiciona nuestras expectativas, y tanto más se desprecia cuando mayores eran estas por el amor, la ilusión, el trabajo y el esfuerzo puestos en ellas. A mi juicio, en estas ocasiones el desprecio está justificado. Hay personas que merecen ser despreciadas.

          Pero a veces se desprecia, también, cuando las expectativas se ven frustradas como consecuencia de los errores de quien se las formuló. Cuando la formación de las expectativas respondió a un error de apreciación y se elude la responsabilidad haciendo recaer sobre el otro la culpa: reprochamos a alguien no ser como creíamos o no haber actuado como esperábamos, pero él no nos ha engañado: nosotros nos equivocamos. El desprecio en estos casos no está justificado: es un autoengaño para eludir responsabilidades, para no cargar con las consecuencias de las expectativas del otro en nosotros cuando ese otro -ahora que sabemos que no es como creíamos- ya no nos interesa. No solo el amor, la convivencia o la amistad se van al diablo, sino que el verdadero responsable adopta el papel la víctima y traslada la culpa a quien ninguna tiene. El desprecio, aquí, es la forma que adopta la cobardía extrema para justificarse ante sí misma y ante los demás.

          Y, por último, en un giro magistral al razonamiento, Moravia nos hace ver que el desprecio, a veces, es también un objetivo en sí mismo. Se refiere a personas demasiado débiles, demasiado inseguras pero tremendamente egoístas, que necesitan despreciar para encontrar su lugar en un mundo que no es como creen que debería ser o como ellas merecen. Personas que se ponen en manos primero de uno, luego de otro, luego del de más allá y que siempre acaban retorciendo la interpretación de las cosas para terminar despreciando y machacando a quien un día alabaron y dijeron amar. El desprecio que antes o después llega hacia los más cercanos es forma de sobrevivir de quien se siente inferior.

          Estos dos últimos tipos de desprecio son los que podemos encontrar en esta novela magistralmente escrita, aunque, como he dicho al principio, la necesidad de trasladar al lector la obsesión de Ricardo por averiguar las cosas pueda hacer que la primera mitad de la novela parezca reiterativa. Pero no es así. Esto es novela, gran novela, no «best seller», y responde a las exigencias de la historia, no de un lector adocenado.

      Publicada en 1954, Jean-Luc Godard llevó al cine el Desprecio en 1963. La película fue interpretada por Brigitte Bardot, Michel Piccoli y Jack Palance. De ella he leído que es una de las más tristes de la historia del cine. Algunos de sus fotogramas ilustran esta entrada. La novela es, desde luego, de una tristeza descomunal, probablemente porque nadie puede ser despreciado por la persona a quien ama y ha entregado la vida sin sentirse desolado.


viernes, 24 de marzo de 2017

Aviso, próxima despedida y agradecimiento




          Comunico a vuestras ilustrísimas la inminente subida del precio de mis dos novelitas y mi próxima retirada del mundanal ruido.

          Quien desee la explicación, que siga leyendo.


1. Durante los últimos treinta y dieciocho meses, respectivamente, mis dos novelas protagonizadas por el apuesto, ejem, Ajonio Trepileto, han podido comprarse en ebook al irrisorio precio de 0,99 euros (con una pequeña excepción temporal al principio, con la primera novela). El mínimo permitido por Amazon. Aproximadamente un 94% de ahorro sobre el precio de las magníficas ediciones de Mira Editores (2011 y 2014) que tan bien han funcionado (número dos de humor en FNAC, libro más vendido durante meses en la Librería Central, libro recomendado en la Librería Central y en la cadena Quorum, uno de los libros más vendidos en la feria del libro donde debutó...). Incluso han tenido entrada en la universidad, donde algunos alumnos de primer curso de Filología en Zaragoza hicieron algunos pequeños trabajos sobre ellas que me llenaron de orgullo.

2. Ambas novelas han estado disponibles en Kindle Unlimited, por lo que los suscriptores de este servicio han podido leerlas a coste cero.

3. Conclusión: cuando he sido yo quien ha tenido capacidad de decisión, como ha ocurrido en la edición electrónica, he pensado antes en los lectores que en mi bolsillo. Nadie dirá que el dinero ha sido para mí un objetivo ni que me he creído alguien la hora de poner precio a mis libros.

4. Y los lectores han respondido.

          Ajonio Trepileto, con una novela u otra, ha encabezado el top 100 de humor en español en Amazon en siete países y ha estado en el top 10 de varios más.  No han sido episodios aislados, sino recurrentes a lo largo de todos estos meses. En España, los vibradores asesinos llevan treinta meses seguidos en el top de humor. ¡Dos años y medio! Logro casi milagroso, dado que las clasificaciones de Amazon están ponderadas por el precio. 

          No puede confiarse en que las ventas indiquen calidad cuando media publicidad directa o indirecta, o cuando son consecuencia de algún otro tipo de notoriedad. Tras algunas ya muy lejanas noticias y entrevistas, durante años solo he contado con mis propias palabras en las redes y, sobre todo, con el boca a boca que agradezco a multitud de lectores y, también, a quienes han colaborado -casi siempre desinteresadamente- en las presentaciones realizadas o compartiendo información. Por eso creo que la situación descrita, tantos años después de su publicación en papel, algo bueno quiere decir de mis novelas.

5. Como economista, debería bajar todavía más el precio -si Amazon lo permitiera-, pues así no solo vendería la máxima cantidad de ejemplares, sino que maximizaría el ingreso. Cualquiera lo sabe, es el abc de la microeconomía. Esto todavía sería más cierto si hubiera partido de precios más elevados.

6. Sin embargo, el escritor que también soy le da una patada en el culo al economista. Pero esta vez no en atención a los lectores sino, si me permitís usar una expresión hecha, por razones del corazón. En lugar de bajar el precio he decidido hacer lo contrario dentro de unos días. Venderé mucho menos y dadas las fechas es muy probable que la situación actual se acabe, pero, como digo, tengo mis razones.

7.  En concreto, una razón poderosa: el cariño a mis novelas, siempre enorme, pero agudizado ante la conciencia de que la vida no se detiene y en algún momento todo autor debe olvidarse de lo que ha escrito y pensar en otras cosas, buenas o no tanto, y no necesariamente literarias. Este momento está cerca. 

          Llamadme romántico y tontorrón, pero es así. Quiero dejar al pobre Ajonio Trepileto, ese tonto útil del que tanto abusan todos los demás personajes, a un precio que no esté tan bajo como la dignidad que sus compañeros de correrías le reconocen. Tengo tantas cosas en común con él, incluso lo de ser un tonto útil, que abandonarlo a la intemperie con esa especie de cartelito de «saldo a 0,99» sería como abandonarme así a mí mismo. Con el trabajo que me costó, con la ilusión que puse... Hasta ahora ha tenido ese ridículo precio, pero he estado a su lado para hacerle compañía a diario, lo cual me ha permitido no sentirme culpable ante mi propio trabajo. Sin embargo, al pensar en irme no quiero dejarlo así, al precio más bajo, como si fuera «la última mierda», sentimiento en el que también Ajonio tiene experiencia. Entre el precio actual y el abusivo está el término medio del común de los ebooks, y ese es el que va a tener dentro de unos días.

8. Aún seguiré por aquí un tiempo impreciso apoyando a Ajonio. No mucho. El necesario para ver qué rumbo toma. Después mi presencia en las redes, que ya ha caído mucho, se reducirá al mínimo.

9. Por cuanto he dicho, las dos novelas pasarán a costar 2,99 euros en formato ebook. Las excelentes ediciones en papel de Mira Editores seguirán costando como hasta ahora: 16 y 18 euros. El ahorro en ebook seguirá siendo superior al 80%.

          ¿Cuándo? Si todo discurre según lo previsto, a partir del 3 de abril.

10. Las dos novelas seguirán en Kindle Unlimited.



11. El lector, por tanto, lo seguirá teniendo fácil. Prueba de que el vil metal sigue sin importarme es que aviso del alza del precio del ebook con antelación.

12. La influencia del boca a boca la he comprobado la barbaridad de veces en que he vendido las dos novelas a la vez. Nadie compra de ese modo si no le han hablado bien de las novelas o del autor. Por ese motivo estará disponible un pack con ambas novelas a un precio más bajo que comprándolas por separado: 4,50 euros. Será mi forma dar las gracias a quienes han hablado bien de mis novelas: sus amigos se rascarán un poco menos el bolsillo.




          Espero haber hecho disfrutar con Ajonio Trepileto a los varios miles de lectores que ya lo han conocido, y espero hacer disfrutar a los nuevos. 

          A lo largo de estos años Ajonio ha hecho muchos y grandes amigos, personas amables y generosas (qué difícil es imitarlas) y más lectores de los que imaginé jamás; también ha tenido algún que otro hater y hasta ha recibido alguna puñalada disfrazada de flor; incluso lo han utilizado para atizarme por motivos que nada tienen que ver con la literatura. También, es normal, ha decepcionado a algunos lectores. Todo forma parte de la historia de sus historias.

          A Ajonio le he hecho cuanta compañía he podido y estará siempre conmigo incluso cuando ya no hable de él. Espero que en ese momento, ya cercano, no se lo tome a mal, y ojalá me dé motivos para recordarlo y hacer el agradable esfuerzo de volver para contar nuevas cosas sobre él, pero será complicado. Lo quiero mucho y sé que voy a dejarlo en buenas manos: las vuestras. Lo haré poco a poco, sin brusquedad; ya que su sino es verse abandonado por amigos, Zoés, Danutas y toda la tropa, al menos que esta vez el camino a la soledad sea dulce. Deseo ser capaz de dejarlo con el mismo cariño con que quise traerlo al mundo. Después, ojalá, Ajonio solo tendrá el apoyo del boca a boca que tanto bien le ha hecho.

          Cuidad de él.

          Gracias a todos.

lunes, 20 de marzo de 2017

La Bruja y el Capitán - Leonardo Sciascia




          Pocos autores razonan con la concisión y claridad de Sciascia. No es raro que sus obras construyan ante los ojos del lector una historia real sobre los mimbres de unos cuantos datos y un notable sentido común que le permite entretejerlos. Es lo que ocurre en La bruja y el capitán, obra breve desarrollada a partir de una referencia real hecha por Alessandro Manzoni en Los novios, que aborda el proceso por brujería en el siglo XVII contra Caterina, una pobre mujer acusada de recurrir a fórmulas infernales para provocar tanto los dolores de estómago del dueño de la casa donde sirve, como para el enamoramiento de un patrón anterior.

          La realidad, sin embargo, es otra, y Sciascia dedica esta obra, precisamente, a analizar cómo desde una realidad tan lejana puede acabar una mujer en la hoguera.

Leonardo Sciascia.
Racalmuto, 1921 - Palermo, 1989
          Hoy tenemos una concepción de la brujería irreal, mediatizada por el espectáculo literario y científico, pero para comprender este libro hay que recordar, como Sciascia hace, que el número de "brujas" y "brujos" es infinito: cualquiera que dice saber leer las cartas o las líneas de la mano, o cualquiera que crea en amuletos y esté dispuesto a utilizarlos "por si acaso" para conseguir algo, era susceptible de convertirse en víctima de la Inquisición. O a veces, ni eso: basta la diferencia de ser pobre a ser rico, como luego diré. Dicho de otro modo, para la Inquisición brujería y superstición era una misma cosa. Si aun hoy, con tanta información y tantas certezas en el futuro, los supersticiosos y curiosos y quienes están dispuestos entretenerse con ellos o a sacar tajada forman tropa, imaginemos en un siglo donde el analfabetismo y la miseria campaban a sus anchas, un tiempo de incertidumbre donde la línea entre la supervivencia y la indigencia o la muerte era muy fina.

          Caterina no es una bruja, sino una mujer pobre y sin cultura que confía en la suerte y en la superstición para lograr lo que pretende. Entre sus aspiraciones figuraba un desigual matrimonio con uno de los hombres a los que había servido no solo en el servicio doméstico, sino también en la cama porque el hombre se había encaprichado de ella, pero no enamorado. Simplemente, la utilizaba, y ella se rebeló contra esa situación intentando algo tan ingenuo como recurrir a la superstición para que su explotador y acosador se transformara en su marido.

          Las cosas no le salen bien, como a ningún paniaguado que aspira a que su explotador lo iguale a él. Y tampoco le va nada bien en su siguiente trabajo, en el que es culpada de los males de estómago de un caballero que a todas luces lo que tiene es estrés debido a cuestiones solamente achacables a él.

          A partir de aquí todo converge para condenar a Caterina, comenzado por su propia actitud, porque, ¿qué hace el débil para aplacar al poderoso? Intentar satisfacerlo, humillarse, ponerse a sus pies. Luego, ¿qué quieren escuchar estos señores? ¿Qué he recurrido a tales y cuáles prácticas? No hacen falta testigos: lo confirmo a ver si con mi sinceridad me gano su favor y evito el suplicio.

          Y en así, entre el modo en que la ingenuidad nacida de la pobreza intelectual lanza al débil a su propia tumba y el egoísta modo en que el poderoso se quita de en medio sus culpas cargándoselas al débil, es como Caterina, y tantas otras como ella, acabaron en la hoguera tras sufrir espantosos suplicios.

          La historia de siempre, la del poderoso que, incapaz de asumir su propia responsabilidad, masacra al débil. 



miércoles, 15 de marzo de 2017

No me toques - Andrea Camilleri




          Magistral y breve novela de Andrea Camilleri sobre la desaparición, todo apunta que voluntaria, de la joven esposa de un anciano escritor; una mujer bella, atractiva para todos y promiscua. O eso parece, porque el encanto de la novela es ir conociendo poco a poco a una protagonista a la que no escuchamos ni vemos actuar si no es por lo que otros cuentan de ella y por alguno de sus propios escritos.

          La forma de presentación, brevísimos capítulos ordenados cronológicamente con alguna marcha atrás (ojo con las fechas, son importantes) es tan televisiva como la fluidez y rapidez de los diálogos: frases breves, directas, cargadas de significado.

Noli me tangere. Fra Angélico
          La intriga y el ritmo, rapidísimo, hacen difícil dejar la lectura. Además, el autor se permite coquetear con «misterios históricos» que dotan al conjunto de cierto aura cercano al de las novelas pseudohistóricas vinculadas a supuestos misterios seculares que mezclan tradición y leyenda. En este caso, el papel en la acción corresponde a una pintura de Fra Angélico reflejando el momento en que Jesucristo resucitado le dice a María Magdalena «Noli me tangere», frase que da título a la novela.  Esa pintura, como otras, permite albergar la duda de si Jesucristo se lo dice cuando ella va a tocarlo o después de que lo haya hecho. Las implicaciones emocionales son distintas. Pero, a diferencia de todas esas novelas de las que se dice que «enganchan», Camilleri cuenta y resuelve algo además de una intriga: desarrolla ante nuestros ojos una personalidad tan rica que no desea otra cosa que encontrarse a sí misma porque es consciente de la vacuidad de la vida incluso cuando se tiene belleza, salud y dinero para disfrutarla. Camilleri nos cuenta la historia de esa búsqueda, que es también la de huida de uno mismo para encontrarse, también a sí mismo, no sabe dónde, pero en el sitio adecuado.

Noli me tangere. Tiziano.
          Solo hay algo que deja cierta sensación de incomodidad: cuando el final (previsible a partir de cierto punto) llega, cabe preguntarse hasta qué punto era necesario todo lo hecho para alcanzar lo alcanzado, cuando hay caminos más directos y que nadie puede cuestionar. ¿O es que a veces huir de uno mismo implica exterminar hasta su recuerdo? Sin embargo, prefiero mirar el lado bueno y no pensar ni en cabos sueltos ni en el simple truco de un capricho, sino en aprovechar ese interrogante para reflexionar acerca de lo dicho: qué debemos dejar atrás cuando decidimos dejar atrás nuestra forma de ser y de vivir.

         Como el autor dice al final, No me toques, Noli mi tangere, no es una novela negra, aunque lo parezca.



martes, 7 de marzo de 2017

La edad de la duda – Andrea Camilleri




La edad de la duda (serie Montalbano, 18)
               

                El comienzo de la novela, genial. El estrambótico sueño del comisario Montalbano da lugar a unas de las páginas de humor absurdo más brillantes que he leído a Camilleri. Es frecuente en él concederse esa libertad a modo de aperitivo o de saludo-reencuentro entre los personajes y el lector. Luego entra en materia cuando el protagonista, de camino al trabajo en medio de un diluvio, auxilia a una chica fea y modosita que iba al puerto a esperar el velero de unos adinerados parientes; con ella comparte unas cuantas horas tras las cuales, y según avanzan los acontecimientos, comprende que la chica no le ha dicho una sola verdad, y que todas las mentiras han sido una intención oculta. ¿Pero cuál?

                Cuando velero llega, lo hace con sorpresa:  con un cadáver desfigurado que han rescatado en un bote cerca de la bocana. A partir de estos datos y de los falsos proporcionados por la mujer el comisario va atando cabos (ya se me perdonará la expresión hecha, pero por ser tan marinera...) y en ellos aparecen nuevos elementos, como otro barco de lujo amarrado temporalmente en el puerto, sobre los que, por desgracia para Montalbano, no puede actuar policialmente pues no hay nada que atribuírles, lo cual le permite desenvolverse con el procedimiento que es su especialidad: hacer lo que le viene en gana.

                No digo más para no chafar la parte de intriga. Sí digo que todo está bien hilvanado, que lo humorístico del principio tiene poca continuidad, y que esta hay que buscarla, además de en Cataré, en las trolas que Montalbano encaja al pobre Lettes para librarse de su pesadez, cada una más gorda que la anterior y cada vez más cerca de escapar a su control. El toque sensual que Camilleri se cuida de poner en todas las novelas de la serie es aquí más acusado, debido a las costumbres de cierto personaje femenino y, pobrecillo Montalbano, acuciado por el avance de la vejez, al problemático fechazo con una teniente que trabaja en el puerto; historia, esta, que en esta novela es la principal del «segundo plano», y que atrapa al lector porque con tantas novelas  previas a cuestas y al consiguiente relación «personal» con el comisario, acaba teniendo tanto interés en la resolución del caso como en el desenlace de lo emocional, si quiera sea por saber a qué atenerse con Livia y hasta qué punto llegará o no el soponcio.

                Pero si la trama y la forma de resolverla es magnífica, creo que la novela flojea, precisamente, en esa segunda historia que trasciende la novela concreta y enlaza con la definición del protagonista a lo largo de la serie. Demasiado poco explicado para lo bien que suele explicarse Camilleri por boca y mente de Montalbano y, sobre todo, un final decepcionante, facilón y hasta manido, que, como decía Cervantes, verá el que lo lea y oirá el que lo oiga leer.


lunes, 27 de febrero de 2017

Confesiones: Mendoza, no. Cervantes, sí.



          Cuando un lector recomienda un libro y la obra o su autor no son conocidos, suele compararlos con otros famosos. Cuanto más renombrados, mejor, porque así tiene más probabilidades de lograr una comunicación eficaz. Es una forma de simplificar la explicación y de dotar a lo recomendado de un prestigio que la sola opinión de quien lo defiende quizá no otorga.

          Ajonio le debe casi todo al boca a boca. Por eso, como ni él ni yo somos famosos, las comparaciones han sido inevitables. La más frecuente, con Eduardo Mendoza. ¿Cuántas veces? He renunciado a contarlas.

          Es halagador, de agradecer y seguramente útil a los fines que persigue. Sin embargo, me hace pensar que Mendoza es mucho más leído que Cervantes; por tanto, más conocido y, en consecuencia, más utilizado para recomendar por comparación.
    
          Lo digo no solo porque la influencia de Mendoza sobre mí ha sido limitada (por más que lo admire, la mayor parte de sus novelas de humor las leí después de escribir la primera de las mías) sino porque para mí es evidente que tanto su personaje (y Horacio Dos y el marciano que buscaba a Gurb) como el mío, como infinitos otros dentro y fuera de España, beben de las fuentes del Quijote tanto en su ridícula prosopopeya como en su aspecto vulgar elevado a grotesco por las circunstancias y un deteriorado sentido de la realidad; y también lo hacen en su espíritu de perdedor ignorante de serlo o en la concepción del humor como un mecanismo de defensa ante la vida, tan opuesta a esa otra, más destructiva –que no más crítica-, de la que suele citarse a Quevedo como representante. Algo apunté aquí hace ya un lustro, cuando no imaginaba que Ajonio iba a llegar donde ha llegado. Más claro queda aún en la forma de titular los capítulos (¿por qué renunciar a los títulos para hacer literatura y divertir?), aparte de que el sentido de la justicia de Ajonio tiene, como el de don Quijote, torcido el punto de mira.
     
         Ahí terminan las comparaciones, si es que cabe alguna más allá de reconocer la influencia de Cervantes. Don Quijote lo es todo y Ajonio no es nada. Qué más quisiera él que la gloria de haberse atragantado respirando el polvo levantado por Rocinante.
     
          Dicho queda no para los lectores de Cervantes, que no lo necesitan y además –qué pena me da constatarlo así- son pocos, pero sí para los del gran Eduardo Mendoza, para los futuros míos y para aviso de desavisados. 




14 – Jean Echenoz



          Prosa elegante, se dice en algún lugar de la contraportada. Y así es. Y oficio, mucho, para dar en tan pocas páginas una visión tan amplia de la Primera Guerra Mundial. Una novela excelente pero, sin embargo, desagradable por el descarnado modo en que se expresa: sin pasión sin tomar partido –en el texto- ni siquiera a favor del ser humano; se describen los hechos sin hacer alusión a los sentimientos y las sensaciones; el sufrimiento, que lo ponga el lector. Y el lector lo pone porque resulta imposible leer según qué cosas sin intentar ponerse, siquiera remotamente, en el lugar de los personajes. Esta es la forma de tomar partido a favor del ser humano: forzando al lector a buscar el horror en sí mismo. 14 es, por tanto, una de esas novelas cuyo efecto no surge de las ideas que expresa, sino de los sentimientos que desata. Una gran y dura novela.

          Cuenta la historia de cuatro amigos franceses, de los cuales uno, Anthime, tiene más protagonismo. Un buen día el toque de rebato del campanario avisa de que van a ser movilizados. Ninguno sabe muy bien por qué ni para qué, y ni siquiera se lo preguntan. Todos tienen la confianza de que es un engorroso trámite y en quince días volverán a casa. Ni tan solo muestran preocupación. Ya en ese momento sabemos que Anthime mira con buenos ojos a Blanche, y que a ella él no le es indiferente, pero Blanche está con Charles, un tipo que va por la vida con aires de superioridad, que no encuentra ascua a la que no arrime su sardina y que con su actitud acompleja a Anthime, que es todo lo contrario a él.

          El relato es el de la suerte de los cuatro amigos perdidos en una guerra a caballo entre dos épocas. Una guerra a veces todavía convencional, de lucha cuerpo a cuerpo entre ejércitos, y que poco a poco va haciéndose novedosa: la aviación, las armas químicas...

          Ninguno de los cuatro opina o juzga. Solo, como animales domesticados, se dejan llevar sin otra esperanza que aguardar a que termine todo aquello, eludir la muerte y, mientras tanto, permanecer juntos para encontrar en esa pequeña unión el único rastro de afectividad disponible.

          Lo que ocurre es previsible: la guerra, las penurias, la desgracia, la desesperanza... El ser humano tratado como una escoria intercambiable, enviado a matadero como una res por quienes no piensan experimentar ellos mismos el horror. Gente luchando, sufriendo y muriendo por no saben qué, luchando no contra nadie sino por sobrevivir, muriendo por algo que no ha de cambiar su vida porque la vida de Anthiem, como vemos al principio, igual que la de todos, era trabajar, pasear, enamorarse...  Algo tan cotidiano y ajeno a la política y a las razones de los gobernantes que resulta insultantemente doloroso y contiene una enorme carga de denuncia. Pero al final, todo termina. Hasta lo malo, que solo permanece en el alma. Tras cualquier guerra, en realidad, nada ha cambiado. Solo hay más sufrimiento.


lunes, 20 de febrero de 2017

El campo del alfarero – Andrea Camilleri



El campo del alfarero (serie Montalbano, 17)

                No hace mucho un amigo me dijo que, tras leer libros profundos, nada como desengrasar con Salvo Montalbano. Y tenía razón. Hace dos años ya traté de reencontrarme con la lectura leyendo –en contra de mi religión- tres novelas seguidas de este mismo personaje. Fue en vano: siguió un larguísimo periodo de sequía lectora. Una vez olvidado y tras un libro tan bueno y denso como Tú no eres como otras madres, he vuelto a recaer en igual pecado: El campo del alfarero, La edad de la duda y La danza de la gaviota. Las reseñas de estas dos últimas, están ya programadas para los próximos días.

                A estas alturas, décimo quinta de la saga, no buscaba nada nuevo en las novelas de Montalbano. Y el comienzo del Campo del alfarero me pareció «más de lo mismo» (por utilizar una expresión hecha de las que tanto fastidian al protagonista) de forma casi abusiva: no pasa nada, aparte de la actuación y sobreactuación de los personajes para satisfacer a los incondicionales, al modo en que en las telecomedias norteamericanas ponen risas y aplausos enlatados con la primera aparición de cada actor. Sin embargo, la impresión es equivocada, porque el desarrollo posterior de la trama olvida la paja previa y tiene un nivel de complejidad y una claridad expositiva que dice mucho en favor de Camilleri.

                Dos tramas que en realidad acaban confluyendo en una, lo cual tampoco es nuevo en Camilleri ni en nadie, aunque en esta ocasión todo muy bien hilado. Por un lado, la aparición, en un terreno arcilloso, de un cadáver troceado siguiendo un ritual que parece vincular la muerte al mundo mafioso. Por otra, el comportamiento del subcomisario Augello, que apunta a un nuevo affaire –este ya, dentro del matrimonio- que lo tiene de los nervios. Y, como siempre, un protagonista que intenta alcanzar la verdad por el camino más directo, que no siempre es el más legal. Todos los elementos de las novelas de Montalbano convergen aquí.

                En la conversación que aludía al principio, otro amigo indicó que en los diálogos, magistrales, se nota que Camilleri ha sido guionista. También tiene razón. El pasado de guionista de Camilleri se advierte además en los recursos para implicar emocionalmente al lector, auténticos «clásicos televisivos»: en esta novela, meter en problemas graves y sembrar la duda en torno a uno de los «buenos» con los que el lector, tras catorce entregas de la serie, ya tiene una relación de afinidad; también, por ejemplo, el modo en que se dejan morir ciertas historias paralelas (el «tema Livia» parece agotado, por ejemplo), mientras otras vienen a sustituirlas para mantener la corriente de tensión afectiva hacia los personajes.

                En definitiva, una muy buena novela de intriga en la que, por una vez, las historias de segundo plano quedan relegadas trasladando la tensión emocional al papel de Mimí Augello en los sucesos a investigar. Una factura de corte televisivo, sí, pero con mucho más: oficio, inteligencia, talento, huída de la comodidad y ganas de hacerlo bien.